El Hno. Horacio Bustos, Provincial de Cruz del Sur, nos invita a recorrer juntos, como Maristas, la Semana Santa hacia la Pascua de Jesús, que es también nuestra pascua.

“Compartamos el triduo pascual —Jueves, Viernes y Sábado Santo— que se ofrece a nosotros para renovar nuestra fe en Jesús, único Salvador del mundo que nos ama, nos redime y camina con nosotros en la historia (la propia, la cotidiana, la real)” —expresa el Hno.Provincial.

Al estilo de Marcelino Champagnat, y de la mano de María, vivamos la experiencia del amor extremo de Dios con un corazón sencillo y disponible, siendo, en la vida diaria, signos de su presencia, de su misericordia y de su paz. Y no nos desanimemos ante el mal que parece avanzar, porque Dios siempre tiene la última palabra.”

Jueves Santo: El gesto humilde del lavatorio de los pies

En el Jueves Santo, contemplamos a Jesús que, en la intimidad de la última Cena, se nos revela como el Dios cercano que ama hasta el extremo. En el gesto humilde del lavatorio de los pies y en el don de la Eucaristía, Él se queda para siempre con nosotros haciéndose alimento y servicio.  Aquí comienza a brillar con fuerza el misterio de un Salvador que no se impone desde el poder sino que se abaja para levantar a la humanidad herida.

En un mundo complejo, fragmentado y tantas veces marcado por la indiferencia, Jesús se nos ofrece como el único capaz de sostener nuestra esperanza, enseñándonos que la verdadera grandeza está en el amor que se entrega.

Desde la espiritualidad Marista, aprendemos a vivir este día con sencillez y espíritu de familia, dejándonos formar por María para ser, como ella, presencia discreta y servicial, atentos a las necesidades de los demás y constructores de comunión. Como Marcelino Champagnat, aprendemos a amar a Jesús, nos nutrimos de
su Palabra y su Eucaristía, y lo hacemos visible en gestos concretos de amor y misericordia.

Viernes Santo: El misterio de la Cruz y de la Misericordia sin límites

El Viernes Santo nos sitúa ante el misterio de la cruz, donde Jesús, el Hijo de Dios, carga con el dolor y el pecado del mundo. No es un fracaso, sino la expresión más plena de su amor misericordioso: un amor que redime, que abraza toda miseria humana y la transforma desde dentro. En la cruz descubrimos que no estamos solos en nuestras luchas y oscuridades, porque Cristo, el Dios con nosotros, ha entrado en ellas y las ha llenado de sentido. En tiempos de incertidumbre y sufrimiento, de conflictos bélicos marcados por la insensatez y la brutalidad (con un alto coste humano y escasos beneficios reales), su entrega es fuente de una esperanza firme, porque sabemos que el mal y la muerte no tienen la última palabra.

La espiritualidad Marista nos invita a permanecer junto a la cruz, como María, con una fe silenciosa y fiel, aprendiendo a acompañar el dolor de los demás con ternura, sin huir, confiando en que el amor de Dios sigue obrando incluso en medio de la noche.

Sábado Santo: En el silencio, acompañamos a María en su Esperanza firme

El Sábado Santo es el día del silencio y de la espera, un tiempo en el que parece que todo ha quedado suspendido entre la muerte y la vida. La Iglesia, recogida y orante, acompaña a María en su esperanza firme, aun cuando todo parece perdido. Este día nos enseña a confiar cuando no vemos, a sostener la fe cuando las respuestas no llegan y el dolor parece imponerse. En un mundo que busca soluciones inmediatas y certezas rápidas, el Sábado Santo nos invita a habitar el misterio, a no desesperar, a creer que Dios sigue actuando en lo escondido. Jesús, el Salvador del mundo, ya está obrando la victoria en lo profundo de la historia humana.

Desde la espiritualidad marista, este día es profundamente mariano: Aprendemos de María a esperar contra toda esperanza, a guardar en el corazón, a permanecer firmes en la fe y disponibles a la acción de Dios.

Domingo de Resurrección: La Vida ha vencido la muerte

El Domingo de Resurrección irrumpe como una luz nueva que transforma la historia: Jesús ha vencido a la muerte y vive para siempre. Él es nuestra esperanza firme, la certeza de que el amor tiene la última palabra y de que Dios no abandona a su pueblo. En un mundo complejo, marcado por tantas incertidumbres, el Resucitado se presenta como el único capaz de sostener nuestra esperanza, trayendo una paz que el mundo no puede dar. Su presencia viva nos impulsa a caminar con alegría, a confiar, a recomenzar siempre.

Desde la espiritualidad Marista, estamos llamados a ser testigos de esta vida nueva con sencillez, cercanía y entusiasmo, al estilo de Marcelino Champagnat, quien vivió con un corazón lleno de fe y ardor por Cristo resucitado. De la mano de María, llevamos a todos esta Buena Noticia de la Resurrección, especialmente a los niños y jóvenes, siendo signos concretos de la alegría del Evangelio, de la ternura y la misericordia de Dios.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

Hno. Horacio Bustos
Provincial

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