En sintonía con las llamadas del último Capítulo General Marista, el viernes 15 de mayo, 64 Maristas volvieron a encontrarse virtualmente para participar con entusiasmo del Segundo Encuentro del Itinerario "Marcelino y su modo de hacer hogar” organizado por el Equipo de Espiritualidad del Área de la Vocación Marista.

Con la animación de Viviana Mele y Marita Hermo, se dejaron interpelar una vez más por la alegoría de la construcción de la casa a la manera de Marcelino desde lo material hacia lo espiritual.

La idea que sostiene el rico itinerario es poder conectar la obra física (cimientos, columnas, vigas, paredes, ventanas, techo…) con la propia espiritualidad y con la espiritualidad que compartimos en nuestras comunidades haciéndola viva, encarnada, dialogante; verdadera experiencia de un Dios cercano, amoroso, transformador.

Este segundo Encuentro estuvo enteramente dedicado a profundizar en las columnas y las vigas de la construcción.

“Si en nuestra primera cita reconocimos por dónde empezábamos a levantar una casa (desmalezar, alinear, nivelar, etc.), preparando con las piedras toscas esa parte invisible, que queda por debajo, guardada, impermeable, para que la casa se pueda sostener, ahora toca ocuparnos de esas estructuras verticales que llamamos columnas y vigas…” –presentó Viviana Mele en la introducción.

Esas columnas están hechas de la herencia, la tradición, el propio gusto… lo que aprendimos… las experiencias… lo maravilloso, lo oscuro, todo está ahí y es bueno ponerlo ahí para poder integrar lo que somos, hacerlo visible…

Las y los participantes, contemplando imágenes de columnas diversas de ayer y de hoy fueron invitados a dejarse inspirar por ellas y pensar qué significan, tanto en el plano material como en el espiritual.

Reconocieron en ellas la fuerza, la estabilidad, la sabiduría, la sustentabilidad, la simplicidad… Observaron que anticipan el volumen de la futura casa limitando los espacios que vendrán, y también cómo en los edificios modernos, salvo que hubiera una galería, las columnas también quedan guardadas dentro de las paredes aunque siempre están porque son el imprescindible soporte vertical de la construcción. Comprendieron la importancia y la necesidad de las vigas, estructuras horizontales diseñadas para resistir y garantizar estabilidad ya que en ellas se mueven y equilibran todas las fuerzas que sostienen la casa y la mantienen firme.

Inmersos en esa alegoría, se preguntaron por sus columnas y vigas espirituales:

  • ¿Qué personas, situaciones, experiencias sostienen mi espiritualidad?
  • ¿Qué me hizo salir en vertical y sostener mi vocación en su cotidiano andar?
  • ¿Soy consciente de lo que me sostiene y de lo que tengo para ofrecer y sostener a los demás?

Y un poco después se detuvieron a contemplar, en la imagen de Marcelino Constructor, las manos de Champagnat. Manos de obrero, de trabajador, que sostuvieron su sueño en la fuerza de María y lo realizaron en una estructura liviana, que no pesa, que no asfixia lo que tiene que seguir, que no envasa la mística ni limita lo carismático sino que lo abre a la vida para que pueda fluir…

Manos que sostiene su sueño y el nuestro, que lo aferran con la fuerza de su confianza y de su fe y que lo diseñan al mismo tiempo con firmeza y con suavidad. Manos que, desde el corazón, fueron capaces de construir y sostener en columnas y vigas inconmovibles una casa de puertas abiertas, un lugar seguro de encuentro y oración…

Marcelino, que, siendo sacerdote y, como los de su tiempo, no podía ensuciar sus manos porque estaban destinadas a conservar el Pan eucarístico, eligió también ser Hermano y construir una comunidad de trabajo con sus propias manos trabajadoras, desde toda su persona, animando y atrayendo a otros muchos a poner manos a la obra junto a él…

Para concluir, el evangelio de Mateo (13,45-46) en el que se narra la parábola del buscador de perlas finas, recordó a las y los participantes el inmenso tesoro de la vida Marista por el que vale la pena perseverar y crecer en la construcción. Y un gesto comunitario compartido selló la gratitud por el don y la promesa de ser, con sus “columnas” y sus “vigas”, ese “pequeño ladrillo” al servicio de la construcción del Nuevo Hermitage, del Hogar en el que vive y se realiza, en el sueño de Marcelino, el sueño de Dios.

 

 

 

 

 

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