Para Marcelino, la Buena Madre que celebramos cada 15 de agosto los Maristas muy especialmente por ser nuestra Fiesta Patronal, era simplemente María, la del Evangelio, una mujer sencilla de una pequeña aldea que vivía en la fe y la tradición de su pueblo y cuyo corazón fue capaz de abrirse con humildad a la presencia de Dios.

En esa perspectiva simple e inmensa, él quiso darnos el nombre de María y, desde entonces, los Maristas somos llamados a contemplar su corazón para imitarlo y a acudir a ella como un niño que busca a su madre.

La Asunción con la que fue elevada y exaltada María es ocasión más que oportuna para volver la mirada a nuestro propio corazón, preguntarnos qué lugar le hacemos realmente nosotras, nosotros, a Dios y reflexionar si somos capaces de ir, como ella lo hizo, más allá de nuestros miedos e inseguridades, para lanzarnos generosamente a servir a quienes lo necesitan en las situaciones y desafíos que se nos presentan a diario.

La belleza y la gloria en la que fue envuelta la habitó desde el comienzo y la hizo ejemplo de esa escucha, esa confianza, ese coraje, esa aceptación y ese silencio en el que el amor de Dios fue engendrando su presencia hasta convertirla en Madre de toda la humanidad desde su humanidad verdadera.

Hoy, al celebrarla contemplándola plena, cobran nuevo sentido las palabras del teólogo alemán Johann Baptist Metz cuando decía: “No necesitamos grandes profetas, sino pequeños profetas que vivan con sencillez, sin ruido y sin integralismos, la radicalidad y la paradoja del Evangelio en la vida cotidiana.” Agregamos: como lo hizo María y por lo que fue asunta al Cielo que Dios soñó para todos.

Celebremos la Asunción de María individualmente y en comunidades recordando que era tanto el amor y la devoción de Marcelino hacia ella que levantó en su dormitorio un altarcito con su imagen, y allí permanecía a menudo postrado a sus pies. Como rostro mariano de la Iglesia, convoquémonos hoy a ese gesto del corazón.

Y que nuestra devoción se traduzca en amoroso servicio a nuestras hermanas y hermanos. Que nos inspire a seguir construyendo un nuevo Hermitage capaz de acoger, siempre y en modo incondicional. Un Hermitage que sonríe, comparte y enjuga las lágrimas. Un Hermitage que ofrece ternura y vive la misericordia de Dios, el que obra maravillas (Lc 1, 46-55).

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