
El sótano recuperado de La Valla no solo nos vincula a los cimientos de la casa que albergó a los primeros maristas: es hoy para nosotros metáfora de ese «sótano interior» donde cultivar la Espiritualidad que sostiene nuestra Misión y transforma nuestra manera de vivir, relacionarnos y cuidar.
En oportunidad de la celebración del Bicentenario de vida del Instituto (2017) , el H. Emili Turú, por entonces Superior General, propuso recorrer tres íconos Maristas por excelencia —Montagne, Fourvière y La Valla—e hizo del relato del hallazgo de un espacio que había permanecido oculto —el sótano de La Valla— motivo de un fuerte y valioso recordatorio: Aquello que sostiene la misión también necesita ser cuidado.
El sótano de La Valla es, sin duda, una metáfora de cuidado. Nuestra capacidad de acompañar, educar, servir, vincularnos y animar a otros se sostiene, en buena medida, en aquello que cultivamos en nuestro interior. Descender al propio “sótano interior” supone detenernos, hacer silencio, reconocer lo que nos habita y recuperar el contacto con esa profundidad desde la que podemos vivir con mayor conciencia y libertad. En esto consiste la espiritualidad.
Pero descender también implica un descubrimiento: la espiritualidad no se cultiva únicamente en los espacios que tradicionalmente identificamos como “espirituales”. Puede desplegarse en la comunidad, en la tarea educativa, en la vida familiar, en la contemplación de lo cotidiano y, especialmente, en la manera en que cuidamos y nos dejamos cuidar.
La insistencia de Marcelino en cultivar la práctica de la presencia de Dios estando entre los niños —al comenzar cada hora de trabajo o de clase, en el patio, en el estudio o la recreación— se debía justamente a concebir esos espacios como lugares “sagrados” de encuentro con Dios explicitando que nuestra espiritualidad no es una dimensión separada de la vida o de la misión, sino ese “fuego” que puede transformar nuestra manera de estar en el mundo, de relacionarnos, de decidir y de cuidar. Desde nuestra tradición cristiana, ese cuidado se nutre, sostiene y orienta yendo al encuentro de Jesús de Nazaret, para que su presencia moldee silenciosamente nuestro corazón y nos disponga a vivirlo.
Cómo cultivar la interioridad
Existen muchos modos de cultivar la interioridad: la oración contemplativa, la lectio divina, distintas tradiciones de oración cristiana, el cultivo de la presencia de Dios en la actividad cotidiana, el silencio, y también algunas prácticas contemporáneas que ayudan a desarrollar la conciencia, la atención y el cuidado del cuerpo y la mente. Más allá de las modalidades, todas nos recuerdan algo esencial: necesitamos espacios para detenernos y volver a lo profundo.
Quizás el desafío mayor no sea solamente encontrar momentos “de espiritualidad”, sino permitir que la espiritualidad transforme nuestra manera de vivir y servir: cómo decidimos, cómo escuchamos, cómo acompañamos a otros y cómo cuidamos.
En un contexto marcado por la velocidad, la sobre-exigencia y la multiplicidad de tareas, reservar un tiempo para la interioridad puede parecer un lujo. Sin embargo, desde la perspectiva del cuidado, es más bien una necesidad. No se trata de “hacer algo más”, sino de “cómo hacer las cosas”. Y esto conlleva aprender a hacer espacio, reposar, escuchar y dejarnos transformar. Porque aquello que cambia en nuestro interior puede cambiar también nuestra manera de actuar y nuestro entorno.
Descender, hacer silencio, volver a lo esencial, dejarnos ayudar, para permitir que desde dentro algo nuevo pueda nacer. Cuidar adentro para cuidar afuera. Porque los cimientos pueden no verse, pero sostienen toda la casa.
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