Durante la semana del 5 a 10 de Octubre, los Hermanos que realizan en la Villa Marista de Luján su trayecto formativo hacia los Votos Perpetuos vivieron distintas experiencias de pastoral junto a niños, niñas y adolescentes en contextos de vulnerabilidad social, profundizando su vivencia del Carisma Marista en territorios concretos en los que se construye, día a día, la fraternidad.

Los Hermanos hicieron residencia y comunidad en el Colegio Marista Macnab Bernal, de la Ciudad de Buenos Aires, para realizar desde allí la inmersión en la Villa 15,”Ciudad Oculta”,  junto a jóvenes del Hogar de Cristo, presente en la Villa con su Centro Barrial acompañando a personas en situación de vulnerabilidad y consumos problemáticos. Otro grupo visitó el Centro Educativo Comunitario Marcelino Champagnat, de Mar del Plata, y un tercero la Asociación Civil CRECER de Alta Gracia, Córdoba, dedicada desde hace 26 años al trabajo y rehabilitación de personas con capacidades diferentes.

Cada uno de estos territorios de misión dejo en los Hermanos una huella que hoy nos comparten.

  • “Abrazar la vida como viene” – Colegio Macnab Bernal – Comunidad de Villa Lugano

“Esta frase del Cardenal Jorge Mario Bergoglio en 2008 ―que se convirtió en el lema de la Familia Grande Hogar de Cristo, red que, en los barrios populares de Argentina, acompaña a personas en situaciones de consumo problemático, pobreza y soledad― condensa también lo que hemos vivido esta semana en una Experiencia de Comunidad y Servicio.

Acogidos por la Comunidad Educativa del Colegio Marista Macnab Bernal, nos fuimos construyendo como comunidad en salida. La oración comunitaria enmarcaba los días, ofreciendo y recogiendo la experiencia vivida.

Dispuestos al encuentro especialmente con los jóvenes del Hogar de Cristo en Ciudad Oculta, compartimos su rutina diaria: el reparto de alimentos a personas mayores que viven aisladas y las actividades diarias del Centro Barrial Don Orione. En este Centro compartimos almuerzo, tiempo libre, talleres, deporte, huerto… Poco a poco los vínculos fueron creciendo a través de la escucha, el tiempo compartido, los servicios en conjunto en el barrio y las caminatas lado a lado.

Además hubo oportunidad para otros encuentros: Con los delegados de curso del Colegio Marista Macnab Bernal, con los abuelos del Centro “Cura Brochero” y con personas en situación de calle en la Plaza de Mayo, sumándonos a una acción de la Red Solidaria.

Volvemos atravesados por la intensidad de la vida compartida ‘cuerpo a cuerpo’ de la semana e interpelados a integrar lo vivido a nuestra misión, abrazando la vida como viene.”

“Jesús entonces le preguntó: «Según tu parecer, ¿cuál de estos tres  fue el prójimo del hombre que cayó en manos de los salteadores?»  El maestro de la Ley contestó: «El que se mostró compasivo con él.» Y Jesús le dijo: «Vete y haz tú lo mismo.»” Lc 10, 36-37

  • “Estar y ser hermanos entre ellos”- CEC “Marcelino Champagnat” de Mar del Plata

“Nuestra experiencia en Mar del Plata la podríamos resumir en esos nombres y rostros concretos de los niños, jóvenes y educadores con quienes nos encontramos durante tres días.

Como Hermanos de comunidad en misión, hemos podido comprobar que el carisma de Marcelino es en esencia esto: estar con los niños y jóvenes, especialmente con aquellos con más necesidad.

Desde el primer día fuimos recibidos con los brazos abiertos por la comunidad en el Centro, conocimos un poco el barrio y visitamos una familia del sector. En la dinámica diaria del Centro, hemos quedado impresionados por la calidez de las relaciones, el trabajo en equipo, y,  sobre todo, por el tiempo que dedican a orar, pidiendo y agradeciendo por lo que ocurre en sus vidas en la cotidianidad.

Se siente la confianza generada en este espacio para poder transmitir las preocupaciones y las alegrías que ellos viven. Nuestra misión fue simple pero profunda: ser hermanos entre ellos. Apoyamos en lo que se necesitaba y pusimos nuestros dones al servicio. Las pláticas, compartir los alimentos, apoyar en tareas, jugar y reír nos hizo recordar que, en lo sencillo, está el gran amor de Dios. Sentimos que nos faltó tiempo, pero sabemos que dimos todo en lo que tuvimos.

Como comunidad, quisimos también tener espacios donde compartir nuestras propias vidas, los retos que vislumbramos en el caminar como Hermanos. Y pudimos tener un pequeño contacto con el Instituto Peralta Ramos, otra obra marista acá en Mar del Plata, y también espacios para conocer la ciudad que nos acogió.

Ser hermanos entre nosotros también es nuestra misión. Y, desde esa experiencia, intentamos vivir estos días entre los niños, jóvenes y educadores del CEC.”

  • “Catequizados por quienes nos enseñan a ser hermanos” – Asociación Civil CRECER de Alta Gracia, Córdoba.

“En estos días en Alta Gracia, en la Provincia de Córdoba (Argentina), fuimos invitados a vivir una experiencia que sobrepasa aquello que podríamos comprender solo con los ojos. En el Centro Crecer, entre encuentros, gestos, convivencias y silencios, descubrimos que también somos eternos aprendices.

Llegamos con nuestras certezas, habilidades y seguridades, pero, con el tiempo, fuimos invitados a despojarnos de ellas para abrazar la vida tal como se manifiesta, sin pretender dominarla con nuestros conceptos ni explicarla a partir de nuestras propias referencias. Fuimos catequizados por aquellos a quienes, muchas veces, la sociedad insiste en mirar a partir de lo que les falta, y no de lo que son. Ellos nos enseñaron que la dignidad no depende de la capacidad de corresponder a las expectativas de los demás, ni el amor necesita expresarse siempre de la manera en que aprendimos a reconocerlo.

También fuimos catequizados por los educadores. Tal vez no siempre expresen en palabras la profundidad del amor que los mueve, pero lo revelan en la dedicación cotidiana, en la paciencia, en el cuidado y en la lucha por la garantía de los derechos de las personas atendidas. Su compromiso nos recuerda que educar es mucho más que transmitir conocimientos o desarrollar habilidades: es defender la dignidad, crear posibilidades, sostener esperanzas y ayudar a cada persona a ocupar el lugar que le pertenece en la sociedad.

Aprendimos, además, que la fraternidad no comienza cuando dominamos su concepto o sabemos explicarla. Ocurre cuando nos cuidamos, nos respetamos, nos reconocemos y encontramos maneras de estar juntos, aun cuando somos diferentes. En el Centro CRECER, la fraternidad no necesitaba ser anunciada todo el tiempo: se hacía visible en los vínculos, en los gestos cotidianos y en las formas posibles de encuentro. Allí, la vida nos recordó que podemos hablar mucho sobre la fraternidad sin necesariamente vivirla, mientras que hay quienes, sin recurrir a grandes discursos, la convierten en una realidad tangible. También nos interpeló la libertad con la que cada persona puede expresar aquello que es. Una libertad que nos cuestiona porque, muchas veces, nosotros mismos nos dejamos aprisionar por expectativas sociales, convenciones, juicios y por una moral que, en vez de humanizarnos, puede terminar escondiendo nuestra verdad. ¿Cuántas veces, preocupados por corresponder a lo que esperan de nosotros, dejamos de ser transparentes, espontáneos y auténticos?

El encuentro nos provocó a preguntarnos si nuestras seguridades no se han convertido, en algunos momentos, en formas discretas de aprisionamiento. Vimos también que la autonomía puede manifestarse de diferentes maneras y en diferentes grados, pero eso no hace a nadie superior a nadie. La capacidad de hacer más, decidir más o conducir determinadas situaciones no confiere mayor dignidad. ¡Cuánto necesitamos aprender sobre el ejercicio del liderazgo! Ser Hermano no es ocupar un lugar por encima de los demás, ni revestirse de una autoridad disfrazada de servicio. Es poner los propios dones al servicio de la vida, reconociendo que todos tenemos algo que ofrecer y mucho que aprender. Una comunidad fraterna no se construye por la competitividad entre capacidades, sino por el reconocimiento de que nuestras diferencias pueden hacernos complementarios.

Y no resultó difícil contemplarnos a nosotros mismos como una comunidad Marista. También nosotros tenemos nuestras debilidades, inseguridades, límites y contradicciones. No siempre sabemos conversar, escuchar o acoger aquello que nos incomoda. A veces, nuestras certezas hablan más alto que nuestra capacidad de comprender; otras veces, nuestras diferencias nos alejan justamente cuando podrían enriquecernos. Con todo, esta experiencia nos ayudó a percibir que, cuando nos permitimos conversar con transparencia, sin máscaras y sin la necesidad de parecer mejores de lo que somos, empezamos a encontrar caminos para vivir más íntegramente nuestra vocación.

Tal vez uno de los mayores aprendizajes de estos días haya sido comprender que no estamos aquí para mirar al otro con lástima o pena. La pena puede distanciarnos, reforzando la idea de que somos quienes tienen y pueden ofrecer, mientras que el otro es quien necesita recibir. La compasión, al contrario, nos acerca, nos compromete y nos hace reconocer una humanidad compartida. No se trata de negar las limitaciones o las necesidades de apoyo, sino de no reducir a nadie a ellas. Se trata de reconocer que a muchas personas se les han negado sus derechos, se han restringido sus posibilidades y se ha dificultado su participación social por barreras que no han sido ellas quienes las han creado. Por ello, las preguntas que nos acompaña al dejar Alta Gracia van más allá de lo que hicimos por esas personas y se centra en lo que ellas han suscitado en nosotros. ¿Qué aprendimos sobre el amor, la libertad, la fraternidad y sobre el modo en que ejercemos el liderazgo y vivimos nuestra misión como Hermanos Maristas? Y, lo más importante, ¿qué tendrá que cambiar en nosotros para que este encuentro no se limite en una experiencia bonita, sino que se transforme en un verdadero compromiso?

Volvemos sabiendo que aún somos aprendices. Aprendices de una fraternidad que no se proclama, sino que se practica; de una compasión que no infantiliza, sino que reconoce derechos; de una libertad que no se esconde detrás de las apariencias; de un liderazgo que no se coloca por encima, sino que se hace servicio; y de una comunidad que no teme reconocer sus fragilidades porque cree que es justamente a partir de ellas que Dios también puede abrir nuevos caminos.

En Alta Gracia, tal vez no hayamos encontrado respuestas para todas nuestras preguntas. Encontramos, personas que nos ayudaron a formular preguntas más verdaderas y eso ya es un modo de conversión. Salimos del Centro Crecer con la certeza de que no fuimos solo a visitar, acompañar o conocer una realidad. Fuimos visitados por una humanidad que nos educa y por una fraternidad que nos evangeliza. Fuimos catequizados por quienes, a su modo, nos enseñan que ser Hermano Marista no es saber más, poder más o parecer más, sino aprender a amar mejor, reconocer la dignidad de cada persona y construir juntos una vida en la que todos tengan un lugar.”

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