
El Equipo de Educación e Innovación proyecta el 2026 invitando a toda la Comunidad Educativa a repensar una nueva cultura del pensamiento y del aprendizaje. Las preguntas que hoy nos interpelan marcarán los trayectos por venir para que nuestras escuelas sean, cada vez más, Más Maristas: espacios donde la comprensión, la reflexión y el crecimiento auténtico ganen protagonismo.
Estos interrogantes ―¿Para qué educamos? ¿Qué tipo de personas estamos formando? ¿Qué le queda a un estudiante después de pasar por nuestras aulas?― nos interpelan e invitan a toda la Comunidad Educativa a pensarlos precisamente ahora que llega el tiempo del merecido descanso, un tiempo en el que las líneas de fondo pueden ir sedimentando, porque las respuestas que les demos incidirán en las planificaciones y los trayectos del próximo año.
La reflexión que estos interrogantes proponen gira en torno a lo que llamamos “la cultura del pensamiento y del aprendizaje” que ponemos en marcha en el acto educativo. Con el aporte de Ron Ritchhart, investigador de la Universidad de Harvard que se refiere a la cultura de pensamiento y a cómo fomentarla en las aulas, transitamos esta búsqueda común de respuestas.
Creo que, dada la complejidad del mundo actual… ―afirma Richhart―, tenemos que producir estudiantes que sean flexibles, que realmente sepan cómo pensar… tienen que aprender a ser innovadores y flexibles en esas circunstancias.”
En esa misma dirección, Ritchhart habla de las “rutinas de pensamiento”, estructuras simples usadas en el aprendizaje con el fin de que los estudiantes, individual y colectivamente, se involucren, cuestionen, descubran, reflexionen y establezcan conexiones subrayando que es tarea de las y los educadores promover hábitos mentales que desemboquen en un mayor entendimiento de lo que están aprendiendo.
El Equipo de Educación encuentra que estos fundamentos y estas herramientas adquieren gran relevancia en el actual proceso de transformación de los Centros Educativos Escolares y hacen al mismo tiempo posible ir dejando atrás “la vieja historia”, que aún persiste. Esos “residuos” del aprendizaje —como los denomina el mismo Richhart— que ofrecen narraciones tan familiares como estas… ―Aprender es “ser rápido”, alcanzar respuestas correctas con rapidez; el objetivo del aprendizaje es llegar a la respuesta correcta; el proceso importa poco; la escuela clasifica: determina quién es “listo” o “buen estudiante”; las notas son la economía del cambio―… muchas de las cuales se expresan cada vez que nuestros estudiantes preguntan, por ejemplo: “¿Esto lleva nota?” o “¿Tiene que ser muy larga la tarea?” develando que hay más interés por cumplir que por aprender, que hay una mente centrada en el resultado y no en el proceso.
Los esfuerzos están puestos en empezar a contar otra historia… Y para ello es preciso cerrar este ciclo lectivo y comenzar el próximo abriéndonos a la construcción conjunta de una cultura del pensamiento y del aprendizaje entendido como un camino con otros. Una cultura en la que el aprendizaje auténtico surja del desafío, en la que los estudiantes comprendan que requiere tiempo y esfuerzo y que las preguntas son más importantes que las respuestas.
Cómo proyectar hacia el 2026 un Centro Educativo donde esta cultura del pensamiento y del aprendizaje oriente las acciones y experiencias de nuestros niños, niñas y adolescentes es la pregunta a la que, entre todos, habremos de dar respuesta.
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