Un día como hoy, en febrero de 1934, arribaron a Uruguay cargados de sueños los primeros Hermanos Maristas: Macario Luis, Ciro José y León Vidal. Todos ellos españoles, pusieron en marcha, con la ayuda de la Providencia, una hermosa y fecunda historia.

El escenario político de la España de comienzos de la década de 1930, que ponía en riesgo la permanencia y la libertad de acción de las congregaciones religiosas, impulsó a los Superiores Maristas a buscar nuevos horizontes de misión. En ese contexto comenzó la exploración del Río de la Plata, proceso que culminaría con la llegada de los primeros Hermanos a Buenos Aires en 1932 y que abriría, poco tiempo después, el camino hacia Uruguay.

Una misión esperada y deseada
Desde la Villa Marista de Luján se realizaron las primeras gestiones para responder a las reiteradas convocatorias del entonces Arzobispo de Montevideo, Mons. Juan Francisco Aragone. Convencido del valor educativo y evangelizador de los Maristas —a quienes consideraba grandes educadores reconocidos en el mundo entero—, el Arzobispo veía en su llegada una respuesta concreta a una de las necesidades más urgentes de la Arquidiócesis: implantar y multiplicar escuelas de educación cristiana para niños y niñas, especialmente en los barrios populares de la capital y del interior.

El primer Santa María: educar desde la sencillez
Así fue como, finalmente, el patio trasero de una parroquia se convirtió en el primer espacio educativo marista en Uruguay. En condiciones de extrema sencillez y pobreza material, aquel lugar dio origen al primer “Santa María”, una pequeña aula habitada por 19 niños del barrio La Blanqueada. Ese gesto inaugural condensó, desde el comienzo, rasgos esenciales del carisma marista: cercanía, austeridad, opción por los más humildes y una profunda confianza en que las obras de Dios crecen desde lo pequeño.

Constructores con las manos y con el corazón
Durante muchos años, los Hermanos dedicaron incluso sus períodos de vacaciones a las tareas más humildes y exigentes para mejorar aulas, patios, instalaciones y campos deportivos. Tal como recuerda Danilo Luis Farneda, ex-alumno y educador marista, se convirtieron en albañiles y arquitectos sin planos, guiados por su vocación de “constructores”: no solo de edificios, sino también de personas, vínculos comunitarios y horizontes de futuro.

Hogares para todos, ríos de vida
Con el paso del tiempo, aquella presencia sencilla fue creciendo y diversificándose, dando origen a una red de “hogares para todos – ríos de vida”. Hoy, la obra marista en Uruguay comprende cuatro Centros Educativos Escolares y tres Centros Educativos Comunitarios, a los que asisten alrededor de 3.000 niños, niñas, adolescentes y jóvenes. Junto a la Comunidad de Hermanos, más de 750 voluntarios y voluntarias acompañan esta misión educativa y pastoral, sosteniendo una propuesta que integra educación, evangelización, compromiso social y protagonismo comunitario.

¡Una historia que sigue creciendo!
La presencia marista en Uruguay nació desde la fragilidad y la confianza, y continúa creciendo allí donde hay infancia por cuidar, juventud por acompañar y comunidades por fortalecer. Como intuyeron los primeros Hermanos, las obras de Dios comienzan en lo pequeño y se hacen duraderas cuando se arraigan en la vida cotidiana de los pueblos. Esa misma convicción sigue animando hoy el camino marista en suelo uruguayo.

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