A 30 años del asesinato de los Hermanos Maristas Servando Mayor, Miguel Ángel Isla, Fernando de la Fuente y Julio Rodríguez, ocurrido el 31 de octubre de 1996 en Bugobe, actual República Democrática del Congo, recordamos su testimonio de fe, fraternidad y entrega. Tres décadas después, su decisión de permanecer junto a quienes más sufrían sigue inspirando nuestra misión marista.

Ellos no quisieron abandonar a los abandonados. Ellos eligieron quedarse…

Su muerte fue el desenlace de una misión vivida con profunda fe, entrega y compromiso con los más necesitados. En medio de la guerra, la violencia y la desesperanza, eligieron permanecer junto a quienes habían perdido casi todo, convirtiendo el servicio y la fraternidad en el centro de sus vidas.

Desde 1994, la presencia marista en el campo de refugiados de Nyamirangwe, conocido como Bugobe, buscaba acompañar a miles de personas que huían de las consecuencias del genocidio de Ruanda y de los conflictos de la región. Allí, los Hermanos desarrollaban una intensa labor educativa, pastoral y humanitaria: atendían a miles de alumnos, acompañaban a jóvenes, cuidaban a enfermos y ancianos, colaboraban con la alimentación de los niños y procuraban mejorar las condiciones de vida de las familias. En medio de la miseria y la inseguridad, su comunidad era un signo de esperanza, confianza y cercanía.

Servando, Miguel Ángel, Fernando y Julio sabían que sus vidas corrían peligro. Sin embargo, cuando la violencia se intensificó y los refugiados abandonaron el campamento, decidieron quedarse, dispuestos a recibir a quienes regresaran.

Su respuesta ante la posibilidad de retirarse fue clara: no podían abandonar a quienes ya habían sido abandonados por tantos. Esta decisión no nació de la indiferencia ante el peligro, sino de un amor consciente y generoso, que puso la dignidad y las necesidades de los demás por encima de la propia seguridad.

Fieles a su misión hasta el final…

A 30 años de su muerte, la entrega de los Misioneros de Bugobe continúa siendo un testimonio profundo del Evangelio y del carisma marista, inspirado en María y en el amor de Jesús por los más vulnerables.

Su vida nos recuerda que educar, evangelizar y acompañar también significa compartir las dificultades, el sufrimiento y la esperanza de los pueblos. Ellos no buscaron protagonismo ni reconocimiento: hicieron de la presencia cotidiana, la escucha y el servicio una forma concreta de amar. Su ejemplo nos interpela y nos invita a construir comunidades comprometidas con la justicia, la paz, la solidaridad y el respeto por toda vida humana.

Hoy, al evocar a Servando, Miguel Ángel, Fernando y Julio, renovamos nuestra admiración y gratitud por una vida entregada sin reservas. Tres décadas después, su memoria permanece viva como símbolo de fidelidad, valentía y amor fraterno, y nos recuerda que la verdadera solidaridad exige cercanía, compromiso y disposición para compartir el destino de quienes sufren.

Los Misioneros de Bugobe siguen hablándonos desde su testimonio: Nadie debe ser abandonado en la hora más difícil.

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