
Emma Gasparotto, Elias Mariano Assef y Constanza Victoria Santone, estudiantes del Colegio Marista La Inmaculada de Buenos Aires, Argentina, hicieron oír su voz en la reciente Audiencia Pública sobre Glaciares realizada el 25 de Marzo en la Honorable Cámara de Diputados de la Nación, ejerciendo su derecho a una ciudadanía comprometida con la justicia y el cuidado de la vida amenazada.
Frente al proyecto gubernamental que promueve la modificación de la Ley 26639/2010, una Ley que protege glaciares y ambientes periglaciares como reservas estratégicas de agua dulce prohibiendo actividades mineras e hidrocarburíferas y toda clase de obras que los alteren, Emma, Elías y Constanza se pronunciaron por sí y en nombre de tantas y tantos jóvenes como ellos.
“Señoras y señores legisladores, autoridades presentes, representantes de la sociedad civil: Hay una pregunta que atraviesa este debate y que no podemos dejar de hacernos:
¿Qué país les están dejando a sus hijos? ¿Qué país nos quedará a los jóvenes de hoy y de mañana?
Nos encontramos hoy en este Honorable Congreso en representación de quienes todavía no tienen voz en este recinto: las generaciones futuras. Somos jóvenes argentinos comprometidos con el destino de nuestro país, conscientes de que las decisiones que se tomen aquí no afectan únicamente al presente, sino también al futuro que heredaremos. En la escuela nos enseñaron qué es la democracia. No solo su definición teórica, sino su sentido más profundo: la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Entender que no hay intereses aislados, sino una comunidad que comparte un mismo destino.
También nos enseñaron que tenemos derecho a ser escuchados, y que los mecanismos democráticos, como esta audiencia pública, es el camino formal para levantar nuestra voz y nuestro reclamo. Por eso estamos hoy aquí: para ejercer ese derecho y asumir la responsabilidad de participar en un debate que nos involucra directamente.
Se suele decir que los jóvenes somos ingenuos o que no comprendemos la complejidad de estos temas. Pero entendemos perfectamente lo que está en juego. Tal vez no desde tecnicismos, pero sí desde la certeza de que este problema nos afecta a todos, nos afecta hoy y nos afectará mañana. Porque este no es un debate local ni sectorial. No podemos fragmentar la Argentina. Lo que sucede en una región impacta en todo el país. Lo que le ocurre a un joven en cualquier provincia también nos repercute a nosotros, viviendo en otra. Nuestra historia nos enseña que la Argentina se construyó como un proyecto común. Y ese principio debe sostenerse también al momento de tomar decisiones sobre nuestros recursos. En ese marco, la posible modificación de la Ley 26.639 nos interpela profundamente.
En nuestro país existen más de 16.000 glaciares y cuerpos de hielo. Son reservas estratégicas de agua dulce que sostienen ecosistemas, comunidades y actividades productivas. Son un recurso irremplazable.
Sin embargo, muchas veces este debate se reduce a una cuestión económica. Se habla de crecimiento, inversión y empleo. Pero este no es solo un debate económico: es una discusión sobre el modelo de desarrollo que queremos. La experiencia nos demuestra que algunos proyectos extractivos generan beneficios a corto plazo, pero dejan consecuencias nefastas a largo plazo. No hace falta que recordemos el caso de la mina Bajo de la Alumbrera, que durante años fue presentada como símbolo de progreso. Hoy, sin embargo, sabemos que persisten interrogantes sobre sus impactos en el ambiente y en las comunidades cercanas. Esto nos obliga a preguntarnos si estamos frente a un verdadero desarrollo o ante soluciones aceleradas e irracionales que comprometen el futuro. Porque cuando los recursos se agotan, también lo hacen muchas veces las oportunidades, y lo que queda es un territorio vulnerable y devastado.
A esto se suma un punto central: la contaminación de cuencas hídricas. Cuando un ecosistema de montaña se altera, las consecuencias no se limitan a un lugar específico. El agua fluye, conecta territorios y sostiene vidas. Una cuenca afectada impacta en múltiples comunidades, en la producción y en el ambiente en general. Por eso este debate exige un ejercicio real de solidaridad democrática: pensar en el otro, en quienes viven en esas regiones y en quienes todavía no nacieron.
No podemos ser ingenuos. Sabemos que no se propone explotar directamente los glaciares, pero sí intervenir en su entorno. Y alterar el ambiente periglacial implica afectar el equilibrio que los sostiene. Estos ecosistemas son frágiles. Una vez dañados, muchas veces no hay forma de revertirlo. La experiencia internacional lo demuestra. El proyecto minero Pascua-Lama, en la cordillera entre Argentina y Chile, fue finalmente frenado por los riesgos ambientales que implicaba. Este antecedente refuerza la necesidad de actuar con responsabilidad. Y entonces la pregunta vuelve a aparecer: ¿Qué país le están dejando a sus hijos? ¿Qué país nos quedará como herencia a los jóvenes?
Si los supuestos proyectos de crecimiento implican destruir recursos que tardaron miles de años en formarse, comprometen el acceso al agua y afectan comunidades, debemos cuestionarnos si realmente estamos hablando de desarrollo. Porque no hay desarrollo posible sin futuro.
Si avanzamos sin responsabilidad, las consecuencias permanecerán mucho después de que los proyectos terminen. Nosotros, los jóvenes, y nuestros hijos podríamos heredar un país con menos recursos, menos oportunidades y pueblos diezmados. Ese no es el país que queremos. Hay una frase que resume este dilema con claridad: lo que es pan para hoy, es hambre para mañana.
La escuela nos enseñó valores como el respeto, la responsabilidad y el cuidado del bien común. Hemos escuchado incansablemente decir a nuestros profesores, que la Constitución es la Ley Máxima de la Nación. ¿Dónde quedarán esos principios constitucionales si esta reforma se aprueba? Por eso sentimos la necesidad de decirlo con claridad: lo que se propone en la modificación de Ley de Glaciares no son los valores que nos enseñó la escuela en la que estudiamos. Nos enseñaron a pensar en el futuro y a actuar con responsabilidad. Porque ése es el verdadero sentido de la democracia: no pensar solo en el presente, sino también en quienes vendrán. Hoy estamos aquí para defender ese principio.Para recordar que el país que estamos construyendo también pertenece a las generaciones futuras. Y para pedir que, al tomar decisiones, se lo haga con la responsabilidad que ese futuro exige.
Porque proteger los glaciares y el ambiente periglacial no es solo una cuestión ambiental o económica. Es una decisión sobre el futuro de la Argentina. Y ese futuro también nos pertenece. Muchas gracias.”
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