
El Hno. Iñigo García, integrante de la Comunidad internacional e interprovincial Marista "Proyecto Lavalla 200", en Siracusa, Italia, pone voz y corazón al drama de las migraciones, una tragedia global que nos interpela y nos invita a mirar a los ojos, allá y aquí, en nuestra propia tierra.
“No voy a hablar de cifras. No voy a hablar de porcentajes, de flujos migratorios, de controles fronterizos ni de estadísticas demográficas. Ya hay demasiados expertos hablando de números y demasiadas personas empeñadas en reducir vidas enteras a gráficos, titulares y consignas.
Voy a hablar de unos ojos. Los ojos de DEF.
Podrían ser los de cualquier otro adolescente llegado a las costas del Mediterráneo después de atravesar el miedo, la incertidumbre, la violencia, la explotación y la pérdida. Podrían ser los ojos de cualquiera de esos miles de muchachos que Europa contempla desde la distancia, como si fueran una amenaza y no un espejo.
La fotografía lo muestra en la orilla, con el mar detrás y el horizonte abierto delante. El agua todavía resbala por su rostro. Hay cansancio, pero también hay una extraña serenidad. No es la imagen de un invasor. Tampoco la de una víctima. Es la imagen de un ser humano.
Y, sin embargo, parece que hemos desaprendido el arte de mirar.
Estos días, algunos medios de comunicación han vuelto a hacerlo. Han llenado portadas y tertulias con la llegada de decenas de miles de personas marroquíes a la playa del Tarajal, en Ceuta. Una vez más, el lenguaje ha construido una realidad paralela. Hablan de avalanchas, oleadas, asaltos y amenazas. Utilizan palabras que deshumanizan y deforman la verdad hasta hacerla irreconocible.
No describen personas. Describen un problema. No cuentan historias. Fabrican temores. No miran rostros. Levantan muros.
Entonces vuelven a resonar las palabras de Rozalén: «¿Qué sientes? Dime qué sientes para lanzar las concertinas, saltar la valla, trepar el muro, tirarte al mar…»
Quizá el verdadero problema no sea la frontera. Quizá el verdadero problema sea la mirada. Porque hay heridas que no se ven a simple vista.
No vemos la infancia interrumpida demasiado pronto. No vemos las noches pasadas en el desierto. No vemos las extorsiones, el hambre, el miedo, la soledad ni la incertidumbre. No vemos a las madres que esperan noticias. No vemos a los amigos que quedaron atrás. No vemos los nombres de quienes nunca llegaron a la otra orilla.
El Mediterráneo sigue acumulando silencios.
Ese mar que dio origen a algunas de las civilizaciones más extraordinarias de la historia se ha convertido también en una inmensa fosa común. Bajo sus aguas descansan miles de relatos inacabados, miles de abrazos pendientes, miles de vidas que un día soñaron con encontrar un lugar seguro donde poder volver a empezar. Y, sin embargo, la vida continúa abriéndose camino. DEF es uno de esos pequeños milagros cotidianos.
Tiene proyectos, miedos, esperanzas y contradicciones. Ríe. Se enfada. Aprende. Hace planes. Descubre palabras nuevas. Comete errores. Juega. Se equivoca. Vuelve a levantarse. Como cualquier adolescente.
Pero existe una diferencia fundamental: él ha tenido que aprender demasiado pronto el precio de la supervivencia. Y eso deja cicatrices. Algunas son visibles. Otras permanecen ocultas. Están inscritas en la memoria, en la desconfianza, en los silencios repentinos, en la necesidad de demostrar constantemente que uno merece estar aquí.
Porque esa es otra de las grandes injusticias de nuestro tiempo: obligar a las personas a justificar permanentemente su propia dignidad. Como si la dignidad fuera un privilegio. Como si la humanidad pudiera concederse o retirarse. Como si hubiera vidas de primera y de segunda categoría.
Pero las cicatrices no son el final del relato…
Las cicatrices cuentan una historia, pero no escriben el futuro. Ninguna travesía, por dolorosa que haya sido, puede determinar para siempre el destino de una persona.
Ningún muro tiene derecho a encerrar una vida en el pasado.
Ninguna frontera debería ser más poderosa que la esperanza.
Por eso resulta tan importante mirar a los ojos.
Mirar de verdad. Mirar sin prejuicios.
Mirar hasta descubrir que detrás de cada rostro existe un nombre; detrás de cada nombre, una historia; detrás de cada historia, un universo entero.
Mirar hasta comprender que la acogida no es un acto de caridad, sino un ejercicio de justicia.
Mirar hasta reconocer que nadie abandona su hogar, su lengua, sus afectos y su tierra por capricho. Mirar hasta entender que la humanidad no termina donde comienza una frontera.
Quizá entonces comprendamos que el futuro no se construye levantando barreras cada vez más altas, sino ensanchando el espacio de nuestra compasión. Quizá entonces dejemos de hablar de invasiones y empecemos a hablar de responsabilidad compartida. Quizá entonces descubramos que el Mediterráneo no está llamado a ser un cementerio, sino un puente.
Y quizá entonces podamos contemplar la fotografía de DEF de otra manera.
Ya no veremos únicamente a un muchacho frente al mar.
Veremos la memoria de quienes no llegaron.
Veremos la fuerza de quienes siguen caminando. Veremos la posibilidad de un mundo diferente.
Un mundo donde la acogida sustituya al rechazo.
Donde la verdad se imponga al ruido.
Donde la ternura sea más fuerte que el miedo.
Donde las cicatrices no desaparezcan, pero dejen de ser una condena.
Porque nadie es únicamente aquello de lo que huye.
Porque nadie debería ser reducido al instante de su naufragio.
Porque toda persona merece la oportunidad de reconstruirse.
Y porque, al fin y al cabo, la pregunta sigue siendo la misma:
«Intenta, solo intenta, por un minuto, solo un minuto, ponerte en su lugar.» Tal vez ahí, precisamente ahí, comience todo. Y quizá también la salvación de Europa.”
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