
Federica Sena, alumna del Colegio Marista “Santa María” de Montevideo, Uruguay, y colaboradora en el Centro Educativo Comunitario “Hogar Marista”, vivió junto a otros compañeros suyos una fecunda experiencia de Voluntariado en los Colegios Maristas “Champagnat” de El Challao y “Santa María de Belén” de Las Heras, Mendoza.
Alojada durante más de un mes en el Colegio Marista “San José”, acompañó a las niñas, niños, adolescentes y jóvenes de las comunidades educativas mendocinas —dos de ellas insertas en barrios de población vulnerable— en sus actividades cotidianas. Les compartió su fe y experimentó, en su dedicación comprometida, la presencia de Dios.
“Me es difícil pensar en un solo momento en el que surgiera mi deseo de ser voluntaria. Gracias a los maristas pude vivir varias experiencias cortas dentro de Uruguay. Estas experiencias eran como mucho de 4 días, y cuando volvía a casa siempre me quedaba con ganas de poder conocer un poco más a la comunidad y poder estar más tiempo al servicio. Además en el Hogar Marista, donde yo trabajo, el año pasado recibimos una voluntaria de Francia, Gabrielle Poteaux, y pude comprobar lo potente que puede ser una experiencia más continua”—nos cuenta Federica—. “Por eso me acerque a Daniela Costa (referente de Voluntariado de Uruguay) y, conversando con ella, nació la idea de sumarme a Felipe Tellechea (exalumno del Santa María) y Macarena Diz (alumna como yo), que también tenían ganas de vivir algo así. El destino fue Mendoza.”
“La comunidad Marista mendocina es muy hermosa y diversa –continúa relatando–. Son tres colegios. En el San José vive la comunidad de Hermanos y es de cuota, mientras que los otros dos (Champagnat, de El Challao, y Santa María de Belén, de Las Heras) son de cuota 0 y están insertas en barrios más necesitados. Estas dos escuelas, aunque en la teoría son similares, abrazan y sostienen comunidades muy distintas. Nos recibieron de una forma muy hermosa y creo que fue un gran acierto compartir el Voluntariado con Maca y Feli. Entre nosotros encontramos un refugio para los momentos de más incertidumbre, de extrañar casa, de charlar sobre lo que vivimos y lo parecido o distinto que es a Uruguay. Fue un Voluntariado en comunidad, comunidad de Hermanos, comunidad de cada uno de los colegios y comunidad de voluntarios.”
Observar y abrirse a lo que realmente necesitan
Descubrí que ser voluntario es ponerte al servicio, poner el cuerpo y dejarse sorprender por la voluntad de Dios…
…No siempre tienes tareas o actividades ya estipuladas –explica– sino que te toca sentarte a esperar, a observar, a conversar con los docentes y los no docentes, a hacer presencia entre los niños y adolescentes. Ahí, haciendo todo eso, se encuentra la respuesta a qué de lo que sabes hacer es realmente es necesario. Muchas veces en la previa pensamos que vamos a ir a hacer tal o cual cosa y, al llegar, te das cuenta de que estaba buenísimo pero no es lo que se necesita o no es aplicable al contexto.
Atender y entender el contexto es fundamental: aceptar que es distinto al tuyo, abrirte a formas distintas de hacer las cosas interpela tu propia perspectiva de la realidad.
También es muy potente estar en comunidad y conocer “de primera mano” la vida de los Hermanos y la de tantas Laicas y Laicos, personas extraordinarias, con una vocación que se contagia, con una sonrisa para cuantos se acercan, con una disposición a todo y abiertos a contar su labor y a escuchar lo que un externo tiene para aportarles. Se generan vínculos, encuentros que de otra forma serían casi imposibles.”
Hacerse siempre un rato para la oración y la Eucaristía
“En este tiempo, comprobé la importancia de encontrar algún rato para la oración o la misa –profundizó–. Son esenciales para vivir cada día como Jesús nos enseñó: Amándonos los unos a los otros como él nos ama. Vivir desde ahí la vida, confiarle a él todo lo que haces.
El Voluntariado, en esa sintonía, se transforma en una vivencia increíble, obviamente muy única según el contexto.
Es un gran momento de aprendizaje, de autoconocimiento, de despliegue de la Misión Marista, de acercamiento a Dios, a Marcelino y María. Una experiencia profundamente transformadora. Creo que marcará toda mi vida.”
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