
Jessica Fwalate Yacante, psicopedagoga y referente de Mundo Juvenil Marista del Chaco, Argentina, ofrece la vibrante cosecha de su Voluntariado en el CEC “Buena Madre” de Pergamino (Buenos Aires) donde, animada por su Vocación Marista, descubrió el rostro vivo de Jesús en esas infancias que merecen crecer con dignidad.
“Al territorio de misión que me recibió como Voluntaria, llegué con el corazón lleno de entusiasmo, abierto para recibir y abrazar lo que Dios tenga preparado para mi vida y mi camino —nos comparte Jessica—. Llegué con alegría. No llegué sola sino habitada por personas que han hecho de mí alguien mejor, alguien que anhela abrazar la vida, nutrir su esencia y dar su todo.”
Una invitación a abrirse a nuevos códigos culturales…
“Este nuevo contexto donde puse mis manos al servicio ha estado marcado por un profundo y desafiante contraste cultural en la expresividad de los niños. Venía habituada a un entorno donde la reserva, la introversión y ciertas distancias mediaban las relaciones —confiesa—. Encontrarme, de pronto, con una realidad donde los niños son sumamente extrovertidos, directos y manifiestan sus frustraciones, enojos y alegrías con total apertura, significó un fuerte movimiento interno y un reto pedagógico inédito. Sin embargo, al contemplar esta realidad desde la mirada marista, descubro que este escenario no es un obstáculo, sino un territorio de misión que me invita a actualizar nuestro carisma.
San Marcelino Champagnat nos enseñó que ‘para educar a un niño, hay que amarlo’ —continúa relatando—y este amor hoy se traduce en aprender a leer y abrazar sus códigos culturales. Esta expresividad tan desbordante es, en el fondo, un grito que busca ser escuchado. Desde las características de nuestro estilo educativo, asumo este desafío a través de una presencia atenta y acogedora; no una presencia que juzga o reprime la intensidad de sus emociones sino que se hace compañera de camino ofreciendo contención frente a sus frustraciones… La cultura que al principio me resultó difícil, hoy la asumo como el lugar donde Dios me pide encarnar el amor transformando la confrontación en encuentro y la frustración en aprendizaje compartido.”
… Y experimentar la alegría de servir a otro
“El Voluntariado nos ayuda a llegar al otro: a sentir, a estar, a acompañar. Nos invita a caminar junto a otras vidas en su transcurrir entrando en su cotidianidad para compartir sus vivencias, sus alegrías y sus aprendizajes —explica—. Se trata de abrazar la vida de todos aquellos que luchan, trabajan y ‘la reman’ a diario…
Como familia y comunidad Marista, nos vamos contagiando de esa alegría tan nuestra: la alegría de servir al otro, de ‘ser para servir’ y de hacer del encuentro fraterno nuestro estilo de vida. Al estilo de María y de Champagnat, descubrimos que nuestra propia vida se llena de sentido cuando se vuelve don para los demás.”
Un llamado profundo a salir de nuestra zona de confort…
“A partir de la experiencia vivida, puedo decir que el Voluntariado es una llamada profunda a salir de nuestra zona de confort para ponernos en camino hacia las periferias, yendo al encuentro del otro y permitiéndonos ver el mundo con los ojos del corazón” —afirma categórica.
“El estar lejos de nuestro hogar nos inspira a valorar las cosas de otra forma; extrañar la casa, la familia y los amigos se vuelve una oportunidad para agradecer su presencia y resignificar los lazos que nos unen, descubriendo que el amor también se hace fuerte en la distancia. En ese desapego, entendemos qué necesario es viajar de la cabeza al corazón, acallando la lógica del mundo para empezar a escuchar esa voz interior que a menudo es lo que menos escuchamos. Es ahí donde descubrimos que Dios nos habla por fuera y por dentro, transformando el paisaje externo en un espejo del alma.”
…Y abrazar la vida con ternura, cuidarla y valorarla
“En cada una de esas infancias que abrazamos, reconocemos al adulto que se está gestando y que merece crecer con dignidad, pero también descubrimos el rostro vivo de Jesús —sigue explicándonos Yessica—. Al entregarnos a ellos, nos damos cuenta de a quién podemos llenar de verdad: no con cosas materiales, sino con tiempo, presencia y afecto genuino. Dios nos llama a cuidar con dulzura y paciencia, al estilo de María, nuestra Buena Madre, siempre atentos a las necesidades de los demás como nos enseñó San Marcelino Champagnat.
El Voluntariado nos desafía a tejer vínculos profundos y a habitar una auténtica cultura del encuentro, donde el Voluntario y la comunidad se funden en un mismo espíritu de familia… En la sencillez de la mesa compartida y la escucha atenta, derribamos barreras para reconocernos como hermanos y hermanas sin fronteras.”
Mirar el mundo con ojos de amor y con un corazón mucho más amplio
Entre sus cosechas y aprendizajes, Jessica destaca la belleza del trabajo en comunidad, el acompañar a otros en sus propios ritmos, y el valor de la presencia: “El Voluntariado me dio, fundamentalmente, la capacidad de transformar y ser transformada —continúa diciendo—. Al final del camino, un Voluntariado te regala muchísimo más de lo que jamás podés dar. Mi mayor logro fue cosechar abrazos, sonrisas, rostros memorables, vivencias, sueños y, por sobre todo, una profunda alegría y dulzura: «Seño, hablás raro», o simplemente: «Seño, yo te quiero más a vos porque hablás raro» son frases que se quedan impregnadas en mí…
A los jóvenes que sienten la inquietud de sumarse a una experiencia como esta, o que caminan con la incertidumbre de descubrir qué planes tiene Dios para sus vidas, les diría una sola cosa: ¡No tengan miedo! —concluye—. No teman abrir el corazón a ese regalo de Dios que va más allá de las fronteras geográficas y culturales…
Aunque un Voluntariado no es todo color de rosa y al principio no es fácil adaptarse al nuevo ritmo de vida, a otras costumbres y a la distancia, es ahí donde uno descubre que la vida no se trata de esperar días perfectos sino de aprender a mirar con los ojos del corazón, ojos que nos ayudan a encontrar en lo pequeño y cotidiano aquello que nos habla del Cielo.
Esta experiencia nos regala el hermoso llamado a encarnar una Vocación Marista viva y en salida; a dar un sí valiente al proyecto de Dios.”
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