Llamada a ser Buena Noticia para otros, a cuidar y a crear, hace ya más de catorce años que Pamela Pozzi, ex alumna y ex docente Marista, ha hecho del Voluntariado un estilo de vida que nos comparte con convicción y alegría.

“Mi primer contacto con lo Marista empezó en el Jardín y se profundizó a lo largo del tiempo, durante más de 30 años de servicio como Docente de Primaria y Profesora de Inglés  en el Colegio Marista La Inmaculada de Chajarí, Entre Ríos” ―comienza diciendo.

― ¿Cómo nació en vos el deseo de ser Voluntaria Marista?

―Los testimonios y las presencias de los Hermanos, a quienes admiré y admiro, incidieron muchísimo en esto de querer estar ocupada y preocupada por el otro, atenta a sus necesidades, dispuesta a cuidarlo y a ser para él/ella una Buena Noticia. Hace poco más de 14 años que empecé a responder al llamado que sentía en mi corazón…

― ¿Qué experiencias te dejaron huella a lo largo de estos años?

―Pasaron un montón de cosas buenas en este caminar y compartir vida Marista…  Invitada por el H. Marcelo Basgall, llegué al Centro Educativo Comunitario Marista” Escuelita El Refugio” de Chajarí, Entre Ríos. Y en mis vacaciones, participé de algunas experiencias de Voluntariado en otros lugares como Fraile Pintado, un pueblo jujeño donde Hermanos y Laicos llevan a cabo una fuerte labor solidaria, pastoral y educativa no formal trabajando de manera integrada con las comunidades de la zona y promoviendo el Voluntariado. Estuve también en el Colegio Marista “Santa María de Belén”, inserto en una población con mayores necesidades de Las Heras, Mendoza, en el Centro de Formación Profesional de Neuquén, en misiones organizadas junto a otros profesores en Colonia Aborigen Qom “La matanza” Lote 38, de Machagai, Chaco, con alumnos del nivel Secundario y en el Voluntariado de Misión Nueva Pompeya (Chaco). Lo más reciente ha sido hace 40 días en los Centros Educativos Comunitarios “Hogar Marista” y  “Pequeña Semilla” de Montevideo, Uruguay.

― ¿Cómo describirías lo que experimentaste en esos Voluntariados?

― Todos fueron (y son) son lugares donde “la tienda” se ensancha y, en torno a la misma mesa, la vida se comparte…  Donde las mesas se agrandan para recibir al que llega y siempre hay lugar para alguien más siendo parte del mismo sueño.
En los Voluntariados experimento la Espiritualidad desde la acción y la entrega fraterna a los demás. La solidaridad me permite crecer en empatía y en amor fraterno sirviendo en las pequeñas cosas, intentando ser siempre presencia esperanzadora. Cada experiencia la viví con mucha alegría y compromiso desde la gratuidad y la generosidad.

― ¿Qué significa hoy para vos ser Voluntaria?

― Para mí es traducir la solidaridad en un trabajo colaborativo, complementario. Sin invadir espacios, escuchando, acompañando, animando, llevando esperanza.  Es ese “Yo estoy con vos; no aflojes” compartiendo la vida, compartiendo el carisma, con una fuerte identidad Marista. Es comprometerme  gratuitamente con la misión de Hermanos y Laicos de hacer vida el Evangelio. Con ese Jesús que me acompaña, que se presenta vulnerable en mis hermanas y hermanos y me confronta a esperanzar… a ser para ellos testimonio de vida. Es, como dice el H.Emili Turú, “mirar el mundo desde la perspectiva de otra persona”, es decir, ser capaz de “ponerse en los zapatos de esa otra persona y comprenderla”.

― ¿Qué importancia le asignás al “cuidar a los que cuidan”?

―Mucha. Lo viví con  fuerza en esta última experiencia de Uruguay. De ella destaco, entre muchas otras cosas, precisamente el cuidado que se prodiga a quienes cuidan. Son equipazos en los que cada miembro cuida a quien cuida, lugares acogedores donde existe la escucha diaria, el juego, la empatía, el compromiso, el diálogo con quienes reciben… Allí, desde el primer día, me sentí cuidada, “como en casa” o “mejor que en casa”.

― ¿Hay algo más que quisieras compartir?

― Mi agradecimiento al H. Provincial, Horacio Bustos, a los Hnos. Consejeros, al Equipo de Voluntariado de la Provincia Cruz del Sur y a todas las comunidades de Hermanos y Laicos Maristas que, con su “sí”, me recibieron en cada experiencia realizada; en especial a los Hnos. y Laicos Maristas de la Casa San José y del Centro de Espiritualidad, a mi Comunidad de Envío, el CEC “Escuelita El Refugio” de Chajarí, y también a mis amistades (que siempre están) y a mi familia. A todos ellos, un agradecimiento de corazón a corazón.

Nuestra Buena Madre nos anima a continuar. Ésta es su obra. Estamos en sus manos. Por eso podemos caminar con fuerza haciendo realidad el sueño de Marcelino. En esta fe compartida, el Voluntariado y la Misión se fortalecen. Siento que, como decía el H. Antonio Rué: “¡Pucha que vale la pena ser parte de esta Familia Marista!”

 

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