
El personal de servicio y mantenimiento de las distintas obras y comunidades maristas de Uruguay compartió una jornada especialmente pensada para reconocer, agradecer y resignificar el lugar fundamental que ocupa en la Misión Marista.
Hay tareas que pocas veces ocupan el centro de la escena, pero sin ellas la vida de nuestras obras simplemente no sería posible. Con esa convicción, los convocamos a reencontrarse con su historia y su identidad, a salir al encuentro de Jesús y a descubrir los dones que el carisma Marista ofrece para vivir la misión.
Cada propuesta invitó a detener el ritmo habitual para volver la mirada sobre la vocación de servicio y aquello que muchas veces pasa inadvertido. Las manos fueron el símbolo que acompañó toda la experiencia: manos que limpian, preparan, ordenan, reciben, reparan, cocinan y cuidan; manos que hacen posible que, cada día, niños, niñas, adolescentes, jóvenes y educadores encuentren espacios seguros, acogedores y llenos de vida.
Más que poner el foco en las tareas realizadas, la jornada buscó reconocer el sentido profundo que habita en cada gesto. Porque en la Misión Marista no existen trabajos pequeños ni servicios secundarios; cada acción realizada con dedicación y cuidado contribuye a construir comunidad y hacer visible el Evangelio en la cotidianeidad.
El recorrido estuvo marcado por espacios de encuentro, reflexión, oración y celebración que permitieron compartir experiencias, poner en palabras aquello que muchas veces permanece silencioso y descubrir que el trabajo diario también educa, cuida y anuncia.
Durante la reflexión grupal, varios participantes expresaron que el encuentro les permitió redescubrir que servir en comunidad también es una manera de servir a Dios. Como parte de la familia Marista, compartieron que se sienten llamados a seguir el ejemplo de Marcelino, viviendo el servicio con humildad y sencillez, convencidos de que todos los roles son indispensables para la misión, más allá de la tarea concreta que cada uno desempeña. Destacaron el valor de la comunidad en los distintos equipos de trabajo y la importancia de gestos concretos de cuidado de los vínculos y los recursos. Repararon en la importancia de construir comunidad estando atentos a la vida de cada uno y cada una para acompañarse y ayudarse en lo cotidiano de la tarea cuando alguien se siente desbordado y también cuando se suman nuevos integrantes al equipo, para contagiarles el carisma marista.
Asimismo, destacaron que incluso las tareas que podrían parecer más simples poseen una enorme dignidad y un profundo valor. Esa certeza los impulsa a renovar su compromiso, redoblar los esfuerzos y sostener la esperanza, aún en medio de las dificultades.
En un clima de sencillez y fraternidad, la jornada fue también una oportunidad para agradecer la disponibilidad, la responsabilidad y la entrega silenciosa con la que tantas personas sostienen nuestras obras día tras día. Un agradecimiento que no quiere quedarse únicamente en las palabras, sino convertirse en una invitación permanente a seguir construyendo una cultura del cuidado, donde todas las vocaciones y todos los servicios sean igualmente reconocidos y valorados.
Porque detrás de cada puerta que se abre, de cada espacio preparado y de cada detalle de cuidado, hay manos que sostienen la misión. Manos habitualmente discretas, siempre generosas, que continúan escribiendo, cada día y casi sin hacer ruido, la historia del sueño de Marcelino.
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