
Herenia Zaracho, educadora del Centro Educativo Comunitario Marista Mitangüera Rekove, en Horqueta (Paraguay), nos comparte la experiencia de su Voluntariado en la Associació Gabella y en el Centro Social Domingo Solá, en Cataluña, Provincia Marista de L'Hermitage integrada también por Francia, Hungría, Grecia, Suiza y Argelia.
Su servicio en la Associació Gabella, una obra marista dedicada a la atención de niños, adolescentes y jóvenes en riesgo social en el Barrio Gótico, y en el Centro Social Domingo Solá, perteneciente a la Obra Misionera Ekumene, que trabaja por la inclusión de personas en situación de especial fragilidad, ha ido dejando en ella una huella profunda y un aprendizaje intenso que así nos explica:
“Hace dos meses que estoy en Barcelona realizando una experiencia de Voluntariado. Por las mañanas comparto con mujeres migrantes y familias de distintas partes del mundo, especialmente de Bangladesh, Pakistán, India y algunos países de Latinoamérica. En un día específico de la semana, doy clases de Castellano y, por las tardes, acompaño a niños en un Centro abierto. Además, tengo la oportunidad de compartir la vida cotidiana con los Hermanos de la Comunidad de Diagonal.”
“Vine pensando que iba a descubrir muchas cosas nuevas ―continúa relatando―, pero me doy cuenta de que también estoy redescubriendo muchas de las cosas que aprendí en Horqueta. Hay algo que me pasa seguido acá. A veces estoy compartiendo con las mujeres, con los niños o simplemente conversando en la comunidad, y me doy cuenta de que muchas de las cosas que intento vivir hoy no nacieron acá.
Nacieron en experiencias que fui teniendo a lo largo de los años, en encuentros, en espacios de servicio, en personas que me acompañaron y en comunidades que me ayudaron a crecer…Estando lejos uno toma dimensión de cuánto lo formaron ciertos lugares y ciertas personas.”
“Hace unos días, durante una reflexión sobre la Santísima Trinidad, escuché una idea que me quedó profundamente grabada. Un Hermano compartía que, en el famoso ícono de la Trinidad de Andréi Rubliov, el de los tres ángeles, hay una sola copa en el centro; tres Personas distintas pero un mismo amor; tres rostros distintos que construyen comunión. Y pensé que quizás allí se esconde una de las enseñanzas más hermosas para nuestra vida y nuestra misión.”
No existe comunidad si primero no aprendemos a valorar la diversidad. No existe fraternidad si todos pensamos igual, sentimos igual o vivimos igual. La comunidad nace cuando personas diferentes deciden sentarse a la misma mesa.”
“Eso es lo que veo cada día aquí: personas de Bangladesh, Pakistán, India, Latinoamérica, Cataluña y muchos otros lugares compartiendo espacios, historias y sueños. Y eso es también lo que viví en Horqueta, porque la comunidad Marista siempre fue para mí un lugar donde cada uno aportaba algo distinto pero todos éramos invitados a la misma mesa.
Quizás por eso hoy entiendo mejor que nunca que el carisma Marista no consiste solamente en hacer cosas por los demás; consiste en crear familia, en construir puentes, en hacer que alguien se sienta esperado, acogido y querido.
Por eso quería agradecerles. Porque, aunque esté a miles de kilómetros, muchas de las cosas que hoy comparto nacieron allí, en Horqueta; en la comunidad; en los encuentros. En las personas que me fueron enseñando, quizás sin darse cuenta, que el Evangelio se vive mucho más en los gestos sencillos que en los grandes discursos.”
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