
Inspirados en la Construcción del Hermitage por Marcelino y los primeros Hermanos, somos llamados a resignificar la tarea cotidiana a la luz del paradigma del Cuidado recordando que el trabajo solo plenifica cuando cada persona descubre que su trabajo importa, que su presencia transforma y que su aporte es indispensable para la vida de la comunidad y la continuidad de la misión.
Muchas imágenes atraviesan la historia Marista y continúan iluminando nuestro presente. Una de ellas es la construcción del Hermitage que, además de mostrar su edificación, invita a contemplar la construcción confiada de una comunidad, un proyecto compartido que se materializa con audacia y fe y un modo particular de vivir esa misión.
Con poco tiempo pero mucho esfuerzo, constancia y dedicación, Marcelino y los primeros Hermanos hicieron del trabajo un camino de fraternidad, cuidado y descubrimiento de los propios talentos para ponerlos al servicio de la comunidad. A través de él, cada uno descubrió su lugar en la construcción de la comunidad.
En el capítulo “Encontrarnos con el cuidado construyendo el Hermitage”, del documento Paradigma del Cuidado, se nos recuerda que el trabajo puede convertirse en un lugar de despliegue vocacional cuando la tarea se vive con sentido. Es allí, donde el trabajo logra expresar aquello que cada persona está llamada a ofrecer al mundo, donde el trabajo “llena” o plenifica, y permite encontrar sentido en lo cotidiano y poner en juego los dones de cada uno experimentando la alegría de contribuir a una obra mayor. Este despliegue vocacional a través del trabajo es verdaderamente humano cuando está sostenido por vínculos saludables que respetan la dignidad de las personas y promueven el cuidado entre ellas. En condiciones de justicia y dignidad, el trabajo se vuelve una oportunidad para el crecimiento personal y el fortalecimiento de la comunidad, y se convierte entonces en un auténtico lugar de cuidado.
Nuestra tarea cotidiana: una forma concreta de construir el Hermitage hoy
Durante este mes, el área de la Vocación promovió diversas experiencias provinciales y zonales en esta clave de resignificar la tarea cotidiana que es el correlato de nuestra misión. Desde distintos lugares, cada instancia animó a mirar el trabajo como una forma concreta de construir el Hermitage hoy.
Por un lado, el encuentro con el personal de maestranza y servicio de las obras Maristas de Uruguay fue una oportunidad para reconocer aquellas manos que, muchas veces lejos del centro de la escena, sostienen silenciosamente la vida cotidiana de nuestras comunidades educativas. La jornada permitió agradecer, resignificar la propia tarea y descubrir que cada gesto de cuidado, limpieza, orden, mantenimiento o servicio hace posible que la misión educativa encuentre un hogar donde crecer. Porque construir el Hermitage también es preparar cada día los espacios donde otros podrán aprender, encontrarse y desplegar su propia vocación.
También las experiencias comunitarias de servicio vividas por las comunidades de Emaús en Argentina, Paraguay y Uruguay ofrecieron a quienes transitan el primer año del itinerario de Animadores y Animadoras de la Vocación Marista Laical la posibilidad de volver a las fuentes del carisma compartiendo la vida, la Palabra y el pan. Allí, el servicio dejó de ser solamente una acción para convertirse en un modo de resignificar la propia vocación desde la fraternidad. Como en todas las experiencias vocacionales de servicio comunitario, la solidaridad marista y la presencia significativa en clave de promoción de Derechos se impulsan creativa y testimonialmente.
Y los Voluntariados extensos de jóvenes de Uruguay y de Nueva Pompeya, Chaco, en los Colegios Maristas Champagnat y Santa María de Belén de Mendoza y en el Centro Educativo Comunitario Buena Madre de Pergamino, que seguimos acompañando, al igual que los Encuentros de las Comunidades Maristas Laicales y Fraternidades que están interiorizando las Llamadas del Capítulo, compartiendo vida, servicio y las Notas de la Espiritualidad Marista.
Por otro lado, la experiencia Herederos de un Fuego reunió a educadores nuevos de diversas obras de la Provincia para volver a las fuentes del carisma Marista. A través del encuentro con la vida de Champagnat, de los primeros Hermanos y de las orientaciones que animan hoy nuestra misión, las y los participantes pudieron redescubrir que educar no consiste solamente en realizar una tarea profesional, sino en responder a una vocación que encuentra sentido cuando se pone al servicio de la vida de los demás. Allí también el trabajo se reveló como un lugar privilegiado para cuidar, aprender y dejarse transformar.
Hacer visible el cuidado en el trabajo, el servicio y la educación
En las tres propuestas apareció una misma convicción: el trabajo, el servicio y la educación son lugares donde el cuidado se hace visible cuando ayudan a que cada persona descubra el sentido de su propia vocación.
Estas experiencias, aunque dirigidas a destinatarios diferentes, compartieron una misma intuición: la Misión Marista se construye cuando cada persona descubre que su trabajo importa, que su presencia transforma y que su aporte es indispensable para la vida de la comunidad y para la continuidad de la Misión Marista.
En un tiempo donde el cansancio, la fragmentación y la velocidad pueden hacernos perder de vista el sentido profundo de lo que hacemos, el paradigma del cuidado nos propone volver a preguntarnos qué tipo de trabajo estamos promoviendo…
- ¿Es un trabajo que llena o un trabajo que vacía?
- ¿Nuestras formas de organizarnos, acompañarnos y comunicarnos fortalecen la vocación de quienes comparten la misión o terminan desgastándola?
- ¿Las condiciones y vínculos que generamos reflejan también la justicia y la dignidad que el Evangelio nos invita a vivir?
- ¿En qué medida como educadores/as maristas somos también Aprendices del Reino?
Comenzando la segunda mitad del año, estas preguntas tal vez puedan convertirse en una oportunidad para el discernimiento comunitario. Quizá sea un tiempo privilegiado para revisar la planificación más allá de la evaluación de lo realizado o de las metas alcanzadas. Quizás podamos preguntarnos si nuestros modos de trabajar siguen construyendo el Hermitage que Marcelino soñó. Ojalá cada una de nuestras comunidades sea una casa donde todos y todas puedan sentirse reconocidos, valorados y llamados a desplegar lo mejor de sí. Porque construir el Hermitage continúa siendo una tarea de todos, una misión compartida, una tarea que intencionadamente se despliega a diario para ayudar a encontrar sentido, crecer en dignidad y procurar encarnar el cuidado.
Y así como Marcelino y los primeros Hermanos cimentaron y levantaron el Hermitage, también hoy estamos llamados a ser constructores de Hermitage procurando que nuestro trabajo, nuestras relaciones y nuestras decisiones ayuden a otros y otras a encontrar un lugar donde crecer, servir y descubrir que su vida tiene sentido.
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