
En una época en la que abundan los mensajes y la información, los encuentros auténticos parecen cada vez más difíciles. Frente a esta realidad, el paradigma del cuidado invita a volver la mirada hacia uno de los símbolos más significativos de la tradición marista: La mesa de La Valla.
Aquella mesa en torno a la cual comenzó a tomar forma el sueño de Marcelino, es mucho más que un espacio físico concreto: expresa una manera de relacionarse. En ella todos tienen un lugar, todos pueden ser escuchados y todos tienen algo para aportar. La mesa de La Valla representa una forma de construir comunidad basada en el diálogo, el respeto y el aprendizaje mutuo.
No es casual que Marcelino eligiera formar “hermanos” para la misión en torno a esa mesa donde la escucha convocaba a traer los logros, las búsquedas, los ensayos y la toma de decisiones.
La fraternidad supone reconocer que las diferencias existen, pero que no tienen por qué romper la comunión. Por el contrario, cuando son acogidas desde la escucha y el respeto, pueden convertirse en una oportunidad de crecimiento compartido…
Aceptar y respetar la diferencia es una de esas virtudes sin las cuales la escucha y la comprensión no se pueden dar.” (Paulo Freire)
Por eso, el cuidado no se construye únicamente a través de grandes decisiones o gestos extraordinarios. Se juega, sobre todo, en las formas cotidianas. En el modo de escuchar, de expresar desacuerdos, de reconocer el aporte de los demás y de afrontar los conflictos sin convertir al otro en un adversario. Las palabras cuidan, pero también lo hacen los silencios, los gestos y las actitudes.
Desde esta perspectiva, cobra especial importancia la escucha contemplativa, una escucha capaz de abrirse verdaderamente a la palabra del otro, dejando espacio para la comprensión, el aprendizaje y la transformación a la que nos invita el Espíritu. En una cultura que privilegia la rapidez de las respuestas, esta actitud recupera el valor de la atención, la presencia y el encuentro genuino.
Más de doscientos años después, la mesa de La Valla sigue ofreciendo una pregunta desafiante para las comunidades maristas:
- ¿Qué formas de encuentro estamos cultivando para que cada persona se sienta verdaderamente escuchada, valorada y cuidada?
- ¿Qué modos debemos sostener para que todos encuentren su lugar y sea realmente una mesa donde estemos todos?
Porque el cuidado no es solamente una intención: es una clave comunitaria propia del estilo Marista. La comunidad se vuelve así un lugar concreto de cuidado que nos ofrece una forma de estar con los demás. Y es en esas formas donde se construye la fraternidad y se vuelve visible.
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