60 personas participaron del cuarto y último Encuentro. Las mismas que, conformando una pequeña comunidad en Camino, en vísperas de la Celebración de San Marcelino, se detuvieron a contemplar, dialogar y orar, esta vez en torno al Techo del Hermitage, realidad y símbolo de hondo significado para la Vocación Marista y para la propia espiritualidad.

Al término de este proceso constructivo, o re-constructivo, de nuestra identidad, organizado por el Equipo de Espiritualidad del Área de la Vocación Marista, Viviana Mele propuso abrir el Encuentro pensando en los techos de una vivienda como la última etapa de la edificación. La más rápida, pero tan necesaria para terminar de hacer de esa vivienda un hogar. Es decir, un espacio donde las personas se cobijan, se albergan, se encuentran, pueden habitar. De la contemplación activa de diversas imágenes de techos más o menos antiguos y modernos, más o menos sencillos y complejos, surgió la gratitud por los techos que hicieron hogar para cada una y cada uno de los participantes a lo largo de toda su existencia y también lo que significa no tenerlo, vivir a la intemperie, como tantas y tantos seres humanos excluidos de la sociedad.

En un segundo momento, Bibiana Nobile invitó a dejarse interpelar por una valiosa foto histórica (1940) que hace precisamente memoria viva la reconstrucción del techo del Hermitage después de un incendio.

Allí, entre los detalles que fueron revelándose, apareció el ático, bohardilla o altillo, como se quiera llamar. Ese espacio de la cumbrera donde las dos aguas del techo se van a encontrar, y que también había sido pensado por Marcelino Champagnat. Un lugar de trabajo y de descanso despojado, sencillo, que fue refugio pobre para obreros y hermanos. Un lugar de reposo y recreo. De orar y compartir el pan transformándose de alguna manera también en una capilla y en un altar.

Ese altillo de la Casa del Hermitage, que es hoy el corazón de la Misión Marista, representa para nosotros el esfuerzo, la entrega, la vida en comunidad que caracterizó a esta congregación en sus inicios y que sigue alentando y manteniendo el carisma en la actualidad.

Hermitage es hoy lugar de peregrinación y retiro. Reserva de espacios históricos, legado espiritual, abrazo para el que llega y futuro por sembrar… Un lugar repleto de mensajes que este itinerario, a lo largo de cuatro Encuentros, se propuso escuchar.

El evangelio de Marcos 2,12 iluminó el recorrido situándonos en la escena que refiere la presencia de Jesús en Cafarnaúm rodeado de una inmensa multitud…

… Se reunió tanta gente, que no había más lugar ni siquiera delante de la puerta, y él les anunciaba la Palabra. Le trajeron entonces a un paralítico, llevándolo entre cuatro hombres. Y como no podían acercarlo a él, a causa de la multitud, levantaron el techo sobre el lugar donde Jesús estaba, y haciendo un agujero descolgaron la camilla con el paralítico. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados…yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.”

Esos amigos capaces de arrancar un techo, de romper estructuras, de apelar a la máxima creatividad, de vencer el miedo a causa de su propósito (acercar al enfermo a Jesús) y ese Jesús que lo sana integralmente devolviéndole su dignidad y convirtiéndolo en un peregrino porque tiene un destino, una meta, una casa a la que regresar, ofreció nuevas perspectivas para profundizar en lo que pueden significar los techos, esos que tantas veces nos ponemos sobre nuestras cabezas y que nos impiden llegar a Jesús, y llegar con otros, en comunidad.

También ayudó a comprender la necesidad de saltar a otra lógica, a otro significado para que el techo no sea un límite sino solo un perímetro que nos invite a abandonar las fronteras de nuestra seguridad para salir al encuentro del otro, de lo otro, e ir siempre más allá.

El último tramo del Itinerario volvió a su inspiración —el icono de Marcelino Constructor creado por la artista australiana Ursula Betka—para revelar la presencia de María en la puerta de la réplica que sostiene entre sus manos nuestro fundador.

María, la que le pone a la Casa el fuego del Espíritu que la habita. La que nos enseña el amor, la fidelidad, la ternura, la entrega y la solidaridad. La que debemos imitar los Maristas, dejando que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios para ser, nosotros también, capaces de hacer de nuestras casas y comunidades un verdadero Hogar.

 

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