
Del 15 al 17 de julio, el Mundo Juvenil Marista (MJM) llevó adelante el Voluntariado de Invierno 2026 en Palo Blanco y San Pedro (Jujuy), una experiencia que reunió a jóvenes de distintas comunidades para vivir tres días de espiritualidad, servicio y misión compartida.
La propuesta, organizada por el equipo de referentes locales del MJM Ramal Jujeño del Área de Vocación Provincial, convocó a 45 jóvenes de las comunidades de Fraile Pintado, San Pedro, el CEC Marcelino Champagnat (San Lorenzo), San Francisco (Córdoba), Castelli y Misión Nueva Pompeya (Chaco). Durante el encuentro compartieron espacios de oración, formación, convivencia y misión, profundizando las cuatro dimensiones que propone el MJM: la espiritualidad marista, la vida comunitaria, el desarrollo del proyecto de vida y el compromiso con la transformación social.
Tejer comunidad
La primera jornada estuvo dedicada al encuentro y la integración. A través de distintas dinámicas, cada joven compartió su historia y comenzó a construir vínculos con los demás participantes.
Como eje de toda la experiencia se presentó la Red de Galilea, inspirada en el relato del Evangelio de Juan, donde Jesús resucitado invita a sus discípulos a volver a lanzar las redes y comparte el pan con ellos. Ese símbolo cobró vida durante el amasado del pan, una actividad que invitó a reflexionar sobre las motivaciones personales para participar del voluntariado. Entre conversaciones, trabajo compartido y gestos sencillos comenzó a construirse una comunidad.
Más tarde, los participantes eligieron libremente los distintos servicios que realizarían al día siguiente en San Pedro: restauración de espacios comunitarios, pintura de un mural, visitas a familias y propuestas recreativas para niños y niñas.
La jornada concluyó con la presentación de los signos preparados por cada comunidad de MJM y la entrega del morral del voluntario, profundizando el sentido de la Red de Galilea como imagen de una comunidad donde cada persona sostiene y es sostenida por los demás.
La misión hecha servicio
El segundo día estuvo dedicado a la misión en la comunidad de San Pedro. Desde la parroquia San Francisco se organizaron los equipos para llevar adelante las distintas tareas previstas. Mientras algunos jóvenes trabajaron en la mejora de espacios comunitarios y la pintura del mural, otros visitaron familias para compartir un tiempo de escucha y cercanía, y otro grupo animó una kermesse con juegos para niños y niñas.
Más allá de las actividades realizadas, el centro de la experiencia fue el encuentro con las personas, compartiendo la vida desde la sencillez y el espíritu marista. Luego del almuerzo compartido con la comunidad, el regreso a Palo Blanco dio lugar a nuevos espacios de celebración, integración y diálogo entre las distintas comunidades participantes.
Una experiencia que deja huellas
La última jornada estuvo destinada al cierre y la evaluación del voluntariado. Los ecos compartidos reflejaron el profundo impacto de la experiencia. Entre los ecos compartidos resonaron las palabras de Érica Tebes, quien destacó el valor de compartir el tiempo, la vida cotidiana, la fe y la oración como una de las mayores riquezas de la experiencia.
Qué lindo fue compartir. Compartir el tiempo, que es lo único que no vuelve. Compartir la risa fácil, la charla hasta tarde, la duda, la fe, el mate y la oración.”
En su reflexión también puso en valor los vínculos construidos durante el voluntariado, destacando que las cargas se alivian cuando se comparten y que las alegrías se multiplican en comunidad. Como síntesis de lo vivido, afirmó: “Acompañar es caminar al lado, sin apurar, sin juzgar, sin querer arreglar. Es sostener, es decir: ‘Acá estoy’.”
El Voluntariado volvió a mostrar la fuerza de las experiencias comunitarias como espacios de crecimiento humano, espiritual y social. La integración entre comunidades, la oración compartida, el servicio y los vínculos construidos hicieron visible que el carisma marista sigue vivo cuando los jóvenes deciden encontrarse para poner sus dones al servicio de los demás.
La Red de Galilea, presente durante todo el encuentro, terminó convirtiéndose en la mejor imagen de lo vivido: una comunidad donde nadie camina solo y donde cada historia fortalece la misión compartida. Como en el Evangelio, cuando las redes se lanzan juntos, guiados por Jesús, siempre vuelven llenas de vida, esperanza y nuevos sueños para seguir construyendo el Reino.
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