
Milagros Córdoba, psicopedagoga que forma parte del proyecto educativo de la Escuela Intercultural Bilingue Marista “Cacique Francisco Supaz”, en Misión Nueva Pompeya, Chaco, realiza actualmente un Voluntariado en el Centro Educativo Comunitario Marista “Nuestra Buena Madre” de Pergamino, provincia de Buenos Aires, y desde allí nos comparte la riqueza de su experiencia.
Milagros nació en la ciudad de Resistencia y, con apenas 5 años, se mudó con su familia al corazón del Impenetrable chaqueño, a Misión Nueva Pompeya, respondiendo al llamado que el Hno. Arturo Buet hizo a su padre para formar parte del proyecto educativo de la Escuela Intercultural Bilingüe de Pozo del Sapo. Ese movimiento fue mucho más que un traslado geográfico: se convirtió en territorio de formación personal y profesional y vida comunitaria en la que el servicio de los Hermanos y de los voluntarios dejó profunda huella.
A los 16 años hizo su primera experiencia en Rosario con la “Peregrinación Solidaria” y su respuesta al llamado se moldeó en lo comunitario transformándose en una construcción colectiva.
Aprendí que la vocación de servicio no nace en la individualidad sino que se gesta en la mesa compartida y en las necesidades comunes –afirma Milagros–.”
“No entiendo el voluntariado como un acto unidireccional sino como la oportunidad de seguir construyendo sentido y transformación junto a otros, reconociéndome en el encuentro con el tejido social.”
En su llegada a Pergamino, al Centro Educativo Comunitario “Nuestra Buena Madre”, territorio de misión, para acompañar durante dos meses la vida del Centro y brindar apoyo escolar, reconoce el profundo acompañamiento de Mónica Linares y de los Hnos. Horacio Bustos y Gonzalo Santa Coloma.
“Llegué a este espacio con nuevas herramientas profesionales y con el corazón abierto, dispuesta a escuchar, aprender y dejarme nutrir por el encuentro cotidiano. Traje conmigo en la mochila los nombres, las enseñanzas y los lazos que me constituyeron desde mi niñez y también la premisa de San Marcelino: “Para educar a un niño, hay que amarlo, y amarlo a todos por igual”, apostando siempre por lo vincular y por espacios que abracen la singularidad de cada uno sin poner etiquetas. Estar acá reafirmó la certeza de que el verdadero sentido de la misión se descubre al caminar junto a la comunidad, habitando el espacio con respeto, desde la escucha y con la profunda disposición a transformarme con los nuevos aprendizajes.”
Una experiencia de verdadera solidaridad donde el ida y vuelta es constante
“El Voluntariado es una experiencia vital que te cambia por completo; es un antes y un después —explica Milagros—. Te abre la mirada más allá de tu realidad inmediata, te re-territorializa y te invita a salir de la zona de confort para habitar el territorio. Es una convocatoria a poner todo lo que sos al servicio de una obra comunitaria, porque cada uno de nosotros tiene algo valioso para aportar. No se trata de un impulso espontáneo sino de un compromiso y un servicio donde se construye un espacio de verdadera solidaridad y donde se amplían horizontes y esperanzas en un ida y vuelta constante…
A otras y otros jóvenes como yo les diría, en definitiva, que es animarse a vivir con ese asombro que se vuelve oración, un acontecimiento movilizador que te revitaliza y te demuestra que, cuando caminamos junto a otros, transformamos y nos dejamos transformar.”
Un ejercicio diario de observación y escucha para alojar y celebrar los lazos que se crean
La vida dentro del Centro Educativo Comunitario tiene una dinámica hermosa que transforma cualquier distancia inicial en un espacio de encuentro genuino.
Las obras maristas tienen una calidez muy particular para recibirte, cuidarte e integrarte con rapidez, haciéndote sentir parte de la tarea compartida desde el primer momento. A su vez, los niños y las niñas tienen una forma sumamente transparente y espontánea de abrazarte, de derribar las formalidades y de hacerte parte de su mundo a través de los detalles más simples del cotidiano: un juego en el patio, una mirada o una charla compartida.

El verdadero desafío no radica en la diferencia de procedencia sino en el ejercicio diario de aprender a leer los códigos locales, agudizando la escucha y la observación para acompañar las realidades de las infancias con el respeto que se merecen. Entrar en este territorio significa entender el Voluntariado no como una intervención externa, sino como la oportunidad de alojar la singularidad de cada sujeto sosteniendo espacios libres de etiquetas.
La verdadera cosecha del Voluntariado nunca es individual sino colectiva
Este tiempo en el territorio me brindó la certeza de que los vínculos más profundos se construyen desde la sencillez del día a día, en la escucha atenta y en la constancia de estar presente.
A nivel personal esta experiencia fue un proceso de mucha fortaleza. Llegar a un contexto nuevo despierta incertidumbres, pero el día a día me ayudó a dejar atrás miedos e inseguridades. Mi mayor cosecha ha sido aprender a mirar con mayor profundidad y respeto, que la hospitalidad y el afecto son lenguajes universales que sanan y acortan cualquier distancia. Me llevo la mochila llena de nombres, de risas compartidas y de la sabiduría que solo se adquiere cuando uno se anima a caminar a la par de otros.
Esta experiencia me dejó un corazón agradecido y la certeza de que el sentido de lo que ‘soy’ cobra su valor real cuando se pone al servicio.
A los jóvenes nos digo: no dejemos que el temor a lo desconocido nos frene. Ese motor de caminar junto a otros, de aprender a escuchar de verdad y de alojar las singularidades sin etiquetas es algo que te revitaliza las ganas y te cambia la vida para siempre.”
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