
Frente a la tentación de la indiferencia y de la evasión, la Vocación Marista se posiciona como un acto profético que anuncia, denuncia y nos invita a conmovernos ante la vulnerabilidad de nuestras hermanas y hermanos. Es una invitación a adelantar el Reino de Dios en gestos concretos y a humanizar nuestras aulas y entornos cotidianos.
Afirmar que la Vocación Marista es apostólica significa que deseamos ser apóstoles del Reino de Jesús allí donde nos toque desplegar la vida.
En 1816, Marcelino Champagnat la experimentó en carne propia al visitar al joven Juan Bautista Montagne. Se conmovió hasta las entrañas al descubrir que nadie le había hablado de Jesús y constatar la pobreza y la vulnerabilidad en que vivía. Ante esa dolorosa experiencia límite, transformó el dolor en respuesta y decidió fundar la Congregación de los Hermanitos de María.
La evasión: Una tentación fuerte
Dejarse conmover por la realidad es actualmente un acto de valentía. A menudo nos refugiamos en los mundos paralelos que nos ofrecen las pantallas y las redes sociales buscando un “descanso” o un escudo protector frente a los entornos violentos que nos rodean. Se necesita un fuerte compromiso con la justicia y la fraternidad para apagar el ruido, mirar el entorno y dejarse interpelar por él.
En este sentido, nuestro fundador fue una persona sensible e inspiradora. Su reacción ante la vulnerabilidad no fue un sentimentalismo pasajero sino una acción consecuente con lo que dictaban sus entrañas. Escuchó en su interior —y en la vida de ese joven— el llamado de Dios a hacerse cargo del otro.
“¿Acaso soy el guardián de mi hermano?”
La antigua voz de Caín resuena fuerte aquí y nos alcanza frente a la tentación de la indiferencia. El relato bíblico nos narra el primer enfrentamiento entre hermanos, los hijos de Adán y Eva. Caín resentido y lleno de celos porque las ofrendas de Abel -su hermano- eran favorecidas por Dios, atenta contra él y trata de ocultarse de la mirada de Dios. Es entonces cuando Dios le pregunta: “¿Dónde está tu hermano Abel?” y él le responde: “No lo sé. ¿Acaso soy el guardián de mi hermano?” (Gen.4, 9-10). Y lo había matado.
Sin detenernos exegéticamente en este texto del Génesis, encontramos en él una invitación potente que tiene que ver absolutamente con nuestro carisma y nuestra espiritualidad Marista: Sí, somos guardianas y guardianes de nuestros hermanos y hermanas.
Es en las otras y en los otros donde realizamos nuestra profunda vocación fraterna y sorora. Es a ellas y a ellos a quienes se nos invita a cuidar y acompañar para que cada cual despliegue al máximo sus originalidades.
Cuidar es “adelantar” el Reino
El cuidado, en clave Marista, no es sólo anunciar la Buena Noticia, sino “adelantarla” en gestos concretos de amor, especialmente hacia los más vulnerables y postergados.
En este horizonte, la educación se transforma en un espacio privilegiado para desplegar nuestra vocación apostólica y profética.
Quizás no podamos resolver toda la complejidad de la realidad presente, pero sí podemos ofrecer pistas claras y palabras certeras procurando que, en nuestras obras, todos experimenten el derecho a ser cuidados y el placer de cuidar como nos gustaría que nos cuiden.
Podemos hacerlo desde lo que somos y desde donde estamos, aceptando nuestras limitaciones pero confiando plenamente en nuestras capacidades: No podremos calmar la sed de todo el mundo, pero sí acercar un vaso de agua (cfr. Mateo 25, 31-46).
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